Gente en gracia | World Challenge

Gente en gracia

David WilkersonMay 14, 2001

El escritor de Hebreos nos dice “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).

La mayoría de los cristianos están familiarizados con este versículo. Éste nos dice que nuestro sumo sacerdote, Jesús, siente nuestro sufrimiento junto con nosotros. La palabra griega que se traduce “compadecerse” aquí significa compasión, que resulta de haber experimentado el mismo tipo de sufrimiento. En otras palabras, nuestro Señor, es tocado personalmente por toda calamidad, dolor, confusión y desesperación que nos acontece. No hay nada que hayamos sufrido, que él no haya soportado de una manera u otra.

Porque tenemos este grandioso sumo sacerdote, somos instruidos “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Hebreos 4:16). Se nos dice: ”Nuestro salvador sabe exactamente por lo que estamos pasando y él sabe exactamente como ministrar su gracia.” Mi pregunta entonces es, cuando estamos en tiempo de gran necesidad, ¿cómo encontramos esa gracia que Hebreos sugiere?

He escuchado la mayoría de las definiciones teológicas de “gracia”: favor inmerecido, la bondad de Dios, su especial amor. Pero gracia tomó un significado diferente para mí el pasado diciembre, cuando mi nieta de once años, Tiffany, fue sometida a un examen para detectar un posible tumor cerebral. Mi esposa, Gwen, y yo estuvimos en el hospital con nuestra hija Debbie, y su esposo, Roger, el día que los médicos efectuaron el examen a nuestra querida nieta. Mientras esperábamos los resultados del examen, todo lo que pudimos hacer fue implorar a Dios por su gracia.

Todo sucedió de repente. Solo el día anterior, Roger y Debbie nos habían llamado para que oráramos mientras ellos llevaban a Tiffany al doctor. Ella estaba sufriendo fuertes dolores de cabeza, y ahora había empezado a sangrar por un ojo. Al colgar el teléfono le dije a Gwen: ”la vida es muy frágil. Una simple llamada telefónica puede trastornar nuestro mundo, ponerlo de cabeza.

Al día siguiente, cuando llegamos al hospital en Virginia, Gwen y yo vimos padres desesperados por todos los corredores. Se les veían expresiones de profunda preocupación mientras se preparaban para posibles malas noticias acerca de sus hijos. Frecuentemente, cuando las terribles palabras: “Es maligno” eran pronunciadas-se escuchaba un grito de agonía y total desesperación.

Mientras, todos esperábamos el reporte de laboratorio del examen de Tiffany, oraba silenciosamente por fortaleza para aceptar el resultado, cualquiera que fuera. En ese momento no importaba el significado teológico de gracia. Para mí era tener la paz de Dios, y recibir cualquier noticia sin caer en angustia. Oré: Señor, sé que todo lo haces bien. Nosotros confiamos en ti. No nos dejes pecar con nuestros labios. Danos tu gracia para soportar esto.”

Entonces llegó un torrente de malas noticias: Tiffany tenía un tumor grande, uno de los peores y era maligno.

Yo he escuchado esa horrible palabra “Maligno” ocho veces antes. Gwen, Debbie, y nuestra hija menor Bonnie, han luchado contra el cáncer. Gracias al Señor, todas ellas han sobrevivido a esta terrible enfermedad. Sin embargo, todas las veces que recibimos los malos reportes, era la peor noticia que alguien pudo haberme dado. No podría decirles todo por lo que Gwen y yo pasamos en ese momento con nuestra nieta. Sólo puedo decirles que el dolor me llevó al libro de Job.

Job era un varón recto muy cercano a su familia. Él y su esposa tenían diez hijos adultos, siete hombres y tres mujeres. Él oraba cada día por sus hijos, ofreciendo sacrificios en nombre de ellos: ”Porque decía Job: Quizás habrán pecado mis hijos y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job1:5).

Job no tenía idea de lo que estaba pasando en el cielo en ese momento, entre Dios y Satanás. Nunca se le advirtió acerca de la sorpresiva calamidad que vendría de repente sobre su familia. La Biblia nos relata la horrible escena: en un solo día Job perdió no sólo sus posesiones y servidores, también sus diez hijos murieron en un desastre natural. (Job 1:13-22)

Trate de imaginarse la trágica pérdida de Job y su esposa. En sólo pocas horas, todo lo que les era precioso fue arrancado de sus vidas: cada uno de sus queridos hijos e hijas, y sus fieles servidores. Pero aún en estos momentos de angustia y dolor, Job opta por reaccionar de acuerdo a la buena alternativa. Su dolida esposa escogió la forma equivocada.

La esposa de Job seguramente quedó amargada al escuchar al mensajero decir: “Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó… y consumió.” (Job 1:16). Al recibir las terribles noticias esta mujer se negó a ser consolada. Y erróneamente culpó a Dios, animando a su esposo: “Maldice a Dios y muérete” (Job 2:9). En esencia ella estaba diciendo, “¿Por qué el Señor derramará una tragedia como esta sobre esta familia piadosa?

Personalmente, no puedo culpar a la esposa de Job por su reacción. Si hubiera perdido a todos mis hijos y mis seres queridos en una sola tarde, yo podría encontrar mi corazón en la misma condición que ella. Creo que cuando llegaron esos horribles reportes, la esposa de Job simplemente murió interiormente. Ella siguió físicamente viva, pero en su corazón ya se había ido.

Aún así, había otra espantosa tragedia por venir. Muy pronto su esposo fue afligido por una sarna maligna, desde la cabeza hasta los pies. Job terminó sentado en medio de ceniza y rascándose con un tiesto para aliviar su dolor. El aspecto de este hombre enfermo era tan grotesco, que la gente volteaba su rostro en horror. Ni siquiera los amigos de Job lo reconocieron al verlo. Una vez lo reconocieron, no podían mirarlo. Se sentaron a distancia de él y se lamentaban y gimiendo por lo que le sucedió a su amigo.

También Job estaba en una profunda aflicción. Este hombre tenía una inmensa necesidad de recibir palabra de consuelo. Pero por el contrario, su esposa sólo se descargó sobre él, diciendo: “¿Aún retienes tu integridad?”(2:9). Dos cosas se deducen de las cortantes palabras de esta desesperada mujer. Primero, ella pregunta, “¿Qué espantoso pecado has cometido, Job, que nos ha acarreado semejante juicio de Dios? No trates de convencerme de que eres un hombre íntegro.”

Segundo se deduce, “Entonces, ¿así es como Dios trata a una familia justa? Nosotros hemos mantenido el altar familiar todos los días años. Hemos caminado rectamente delante del Señor. Y hemos usado con generosidad de la abundancia de nuestra casa para bendecir a los pobres. ¿Por qué el Señor nos arrebata todo lo que nos es precioso? Yo no puedo servir a un Dios que permite que nos pase esto.”

Entonces esta afligida mujer pronuncia las terribles palabras: ”Maldice a Dios y muérete” (2:9). Ella estaba reconociendo, “ya estoy muerta, Job. ¿Qué más me queda?” Es mejor morir que vivir sin nuestros hijos. Anda, maldice a Dios y muere conmigo.”

La condición de ella ilustra la batalla feroz que cada uno de nosotros enfrenta con el enemigo cuando una tragedia nos azota. Vi recientemente esta batalla en una joven mujer, junto a la que yo estaba sentado en un avión. Noté su llanto silencioso. Le dije que yo era un pastor y le pregunté si podía ayudarla. Ella respondió: Señor, yo no puedo creer en su Dios.”

Me contó que su padre acababa de morir. Ella lo describió como un buen hombre, uno que siempre se ofreció para ayudar a los demás. Ahora a través de sus amargas lágrimas, esta mujer me dice: “Yo no puedo creer en un Dios que mataría a un buen padre en lo mejor de su vida.” Ella había optado por la terrible alternativa de la esposa de Job: culpaba a Dios y ahora empezaba a caer en la desesperación. Aunque ella estaba físicamente viva, estaba muerta por dentro.

Aunque la aflicción de Job era también “muy grande” (Job 2:13), él confió en Dios en medio de su tristeza y dolor. Al igual que su dolida esposa, también él deseó morir. Su desolación era tan inmensa que deseó no haber nacido. Sin embargo, a través de todo esto, Job afirmó, “He aquí aunque él me matare, en él esperaré”(Job 13:15). Job en efecto estaba diciendo, “No importa si esta sarna me lleva a la tumba. Me iré confiando en el Señor. Nunca renunciaré a mi confianza de que él sabe lo que está haciendo. Aunque yo no entiendo nada acerca de esta tragedia, sé que Dios tiene un propósito eterno. Inclusive si él decide que yo muera, yo confiaré en él hasta mi último aliento.”

Como David, en oportunidades he expresado mi aflicción al punto de las lágrimas. David escribió: “¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo y descansaría… Me apresuraría a escapar del viento borrascoso, de la tempestad.” (Sal. 55:6,8). Aunque debo admitir que nunca he experimentado una aflicción como la de Job. Nunca he llegado al punto de desear estar muerto.

En ese hospital de Virginia, Gwen y yo vimos ejemplos de las dos clases de reacciones. Los casos eran tan trágicos: Un bebé de dos años había caído desde el veintiún piso de un edificio y estaba siendo tratado por trauma cerebral. Otro bebé críticamente herido había sido llevado al hospital en helicóptero. Una frágil pequeña, pálida y débil, caminaba empujando el soporte de donde colgaba una bolsa de suero. Otra pequeña niña desvariaba, diciendo palabras sin sentido.

Usualmente podríamos identificar cuales padres de estos pequeños eran cristianos. Mientras pasábamos por algunas habitaciones podíamos sentir una gran paz. En esos casos podíamos percibir el poder de Dios en acción, mientras los padres descansaban en la Palabra de Dios.

Pero en otras habitaciones, había un caos y desorden total. Podíamos sentir la angustiosa desesperanza de algunos padres. Ellos culpaban a Dios, preguntando, “¿Por qué un buen Dios permitiría esto? Los vimos paseándose por los corredores, preguntándose llenos de ira, ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué?

Cuando venga su calamidad, tiene que tomar una decisión. Puede enojarse con Dios, preguntando continuamente, “¿Por qué?” O, puede decir: “Señor, no importa lo que pase, sé que tienes la gracia y el poder para sostenerme.” Como seguidores de Jesús, simplemente tenemos que correr hacía nuestro sumo sacerdote, y obtener misericordia y consuelo del Espíritu Santo. Y debemos confiar en la gracia omnisciente de Dios. Algunas veces lloraremos, sufriremos y hasta desearemos morir. Seguramente no podremos conciliar el sueño, nuestras mentes invadidas de preguntas. Sin embargo, Dios permite que pasemos por todas estas cosas. Son parte de su proceso de sanidad.

Pero, ¿cómo, exactamente encontramos su gracia que nos sostendrá en nuestros momentos de necesidad? ¿Cómo se nos dispensará esta gracia? Cuando estamos en medio de una crisis, no podemos depender de una nebulosa definición teológica. Lo que necesitamos es la ayuda real de Dios. ¿Cómo obtendremos esta gracia en nuestros corazones, alma y cuerpo cuando estamos tan heridos?

Yo creo que somos tocados por la gracia de Dios al menos de dos maravillosas maneras:

A través de las Escrituras, las más grandes revelaciones de la bondad de Dios llegaron a personas en tiempos de dificultad, calamidad, desolación y sufrimiento. Encontramos un ejemplo de esto en la vida de Juan. Por tres años, este discípulo estuvo “en el seno de Jesús.” Fue un tiempo de total descanso, paz y gozo, sin dificultades ni tribulaciones. Sin embargo, en todo ese tiempo, Juan recibió muy poca revelación. Él conoció a Jesús sólo como el Hijo del hombre. Entonces, ¿cuándo fue que Juan recibió la revelación de Cristo en toda su gloria?

Esto pasó únicamente después que Juan fue arrastrado en cadenas de Efeso. Él fue exiliado a la isla de Patmos, donde fue condenado a trabajos forzados. Juan fue aislado, sin compañeros, sin familia o amigos que lo consolaran. Fue un tiempo de total desesperación, el punto más bajo de su vida.

Sin embargo, fue allí, cuando Juan recibió la revelación de su Señor que vendría a ser el elemento final de las Escrituras: el Libro de Apocalipsis. En medio de esa oscura hora, la luz del Espíritu Santo llegó a él. Y Juan vio a Jesús como nunca antes le había visto. Literalmente vio a Cristo como el Hijo de Dios.

Juan nunca recibió esta revelación mientras estuvo junto a los otros apóstoles, o durante el tiempo de Jesús en la tierra. Sin embargo, ahora en su hora más oscura, Juan vio a Cristo en toda su gloria, declarando: ”Yo soy el que vivo y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del infierno.” (Ap. 1:18). Esta increíble revelación hizo que Juan se postrara sobre su rostro. Pero Jesús lo levantó y le mostró las llaves que tenía en su mano. Y le dijo “No temas” (1:17).

Yo creo que esta revelación viene a cualquier siervo herido, hombre o mujer, que se mantiene en oración en su tiempo de necesidad. El Espíritu Santo dice, “Jesús tiene las llaves de la vida y la muerte.” Entonces la partida de todo ser humano está en sus manos. Por lo tanto, Satanás nunca puede tomarte o a ningún miembro de tu familia. Sólo Cristo determina nuestro destino eterno. Entonces, si él voltea una llave, hay una razón para esto. Y esa razón sólo la conoce él, el Padre y el Espíritu Santo.

Esta revelación es para traer paz a nuestros corazones. Al igual que Juan, debemos vislumbrar a Jesús frente a nosotros, sosteniendo las llaves de la vida y la muerte, asegurándonos,” No temas, soy yo quien sostiene todas las llaves.” ¿Cuál debe ser nuestra respuesta? Como Job, debemos decir en fe, “Jehová dio y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”(Job 1:21).

Un atribulado pastor escribió lo siguiente: ”Hace 15 años mi esposa sufrió cáncer del seno. Ahora le ha sido diagnosticado cáncer en el páncreas. Es posible que sea internada en un hospicio. Durante cuarenta años, hemos estado trabajando en la obra de Dios. Ahora me pregunto, ¿ha sido toda esa labor en vano? ¿No cuenta para algo? ¿No nos dará Dios reposo?

Le digo a este querido hermano: “Creo que ahora, en tu hora más oscura, Jesús quiere revelarte su deidad. Si, estás profundamente lastimado, pero si confía en él en medio de su dolor; entrará en una revelación que abrirá sus ojos a cosas nunca vistas o entendidas. Y será usado por el Señor para ayudar a muchos otros.

La Biblia nos dice que Jacob recibió una increíble revelación en un encuentro cara a cara con Dios: “Jacob llamó aquél lugar Peniel: Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma” (Génesis 32:30). ¿Cuáles fueron las circunstancias que rodearon esta revelación? Fue el punto más bajo y aterrador en la vida de Jacob. En ese momento, Jacob se encontraba atrapado entre dos poderosas fuerzas: su furioso suegro, Labán y su hostil y amargado hermano Esaú.

Jacob había trabajado más de veinte años para Labán quien una y otra vez le hizo trampa. Finalmente Jacob decidió que ya había sido suficiente tanto abuso. Entonces sin decir nada a Labán, tomó su familia y huyó.

Labán lo persiguió con un pequeño ejército de sus servidores, listos para matar a Jacob. Tan sólo al ser advertido por Dios en un sueño, de no hacerle daño a Jacob fue que este hombre dejó ir a su yerno. Apenas había acabado de ser librado de Labán, cuando Esaú se aproximaba por el oriente. El también venía acompañado de un pequeño ejército de 400 hombres, dispuesto a matar a su hermano por robarle sus derechos de primogenitura.

Jacob enfrentaba total calamidad, convencido de que estaba a punto de perderlo todo. La situación era de desesperanza total. Sin embargo, en esa hora oscura, Jacob tuvo un encuentro con Dios como nunca antes. Allí luchó con un ángel que algunos estudiosos piensan que era el Señor mismo. Y después el mismo dijo: “Porque vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma” (32:30).

Ahora, regresemos a Job. También este hombre estaba en su punto más bajo. Había soportado la más agobiante aflicción, agonizante dolor físico, total rechazo de sus amigos. Sin embargo, en la hora más oscura de Job, es cuando Dios se le aparece en un torbellino. Y el Señor le dio a este hombre una de las más grandes revelaciones de sí mismo nunca vista antes por ningún ser humano.

Dios llevó a Job al cosmos, de allí a la profundidad de los océanos. Él lo guío a través de los más profundos secretos de la creación. Y Job vio cosas que ninguna otra persona había visto nunca. Se le mostró la gloria y majestad de Dios. Job emerge de esa experiencia alabando a Dios, diciendo, “Ahora sé que puedes hacer cualquier cosa, Señor.” Me arrepiento de cuestionar tus juicios. “Veo que todo estaba bajo tu control y dirigido por tu gracia. Siempre tuviste un plan”. “De oídas te había oído; más ahora mis ojos te ven.” (ver Job 42:2-5)

Algo maravilloso pasa cuando sencillamente confiamos. Una paz viene sobre nosotros, habilitándonos a decir, “No importa que resulte de todo esto. Mi Dios tiene todo bajo control. No tengo nada de temer.”

Podríamos objetar, “Yo preferiría que Dios arregle todo, y me libre de mi dolor y angustia. Yo felizmente aceptaría menos revelación”. No, la revelación que viene a usted es con un propósito más allá que su propia comodidad. Ésta nos habilita para ser un dador de la gracia, para dispensar la gracia sanadora de Dios a otros.

Frecuentemente, Dios usa ángeles para ministrar a su pueblo. Pero mayormente él usa su propia gente para dispensar su gracia. Esta es una razón por la cual somos hechos partícipes de su gracia: para ser canales de esta. Es para dispensarla a otros. A esto llamo: “Gente en gracia.”

“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.” (Ef. 4:7). De acuerdo a la consolación que recibimos a través de la gracia de Dios, es imposible continuar en aflicción durante toda nuestra vida. En algún momento, mientras somos sanados por el Señor, comenzamos a acumular una reserva de la gracia de Dios.

Creo que esto es lo que Pablo quiso decir cuando escribió: “Del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dada… anunciar entre los Gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo” (Ef. 3:7-8). “Todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia” (Fil. 1:7). El apóstol está haciendo una profunda declaración. Él está diciendo, “Cuando yo voy al trono de Dios a obtener gracia, es por el bien de vosotros. Quiero ser un pastor misericordioso con ustedes, no uno que os juzga. Quiero estar preparado para dispensar gracia en el tiempo de vuestra necesidad.” La gracia de Dios hizo de Pablo un pastor compasivo, capaz de llorar con aquellos en aflicción.

Pedro escribe, “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo uno a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” (1 Pe. 4:10). ¿Qué significa ser un dispensador o administrador de la multiforme gracia de Dios? ¿Soy esa clase de persona? ¿O paso mi tiempo orando por mi propio dolor, angustia y luchas?

Cuando estábamos en el hospital con Tiffany vimos “la gente en gracia” del Señor en acción. Debbie y Roger sobreabundaban con el amor de la congregación a la que se habían unido. El apoyo a nuestra familia de estos santos, dirigidos por un consagrado pastor y su esposa, fue increíble. La gracia fluía de todas partes: la gente traía comida para Roger y Debbie. Otros traían animales de peluche para Tiffany. Un grupo dijo “Nosotros no queremos molestar. Solo vinimos a orar.” Así que se pararon afuera de la habitación de Tiffany a interceder por ella.

También vi la misma gracia fluyendo de la gente en la Iglesia Times Square cuando regresamos a casa. El pastor Carter Conlon había dejado un mensaje en nuestro contestador diciendo, “David y Gwen, los amamos. Esta iglesia está en ayuno y oración por Tiffany.” Más tarde, mientras caminé por las calles de Nueva York sintiendo la pesadez del dolor, nuestro Pastor Neil Rhodes me vio. Se detuvo y me dijo “Pastor David, usted y su familia son muy amados. Todos estamos con ustedes.” Mi espíritu fue levantado a través de la gracia que recibí.

Vi esta misma gracia en la sala de espera en ese hospital en Virginia. Mientras hablaba con Roger y Debbie sobre la operación de Tiffany, una acongojada madre entró. Se sentó en el sofá, se veía absolutamente descorazonada. Cuando le pregunté que pasaba me dijo, “El hígado de mi hijo de 15 años dejó de funcionar. Si no recibe un transplante no vivirá más que pocas semanas.”

Le pregunté si podíamos orar por ella. Ella asintió y yo empecé a orar. Mientras oraba escuché una conmoción entonces me detuve. Debbie estaba sentada junto a esta señora. Estaban abrazadas, lloraban juntas, consolándose una a la otra. Entonces Debbie empezó orar por esta señora. Yo sabía que esta oración salía del propio dolor de mi hija. Y me di cuenta que era testigo de la verdadera gente en gracia. Mi hija y esta sufrida mujer estaban entrelazadas en un abrazo de dolor compartido.

Amados, nuestros sufrimientos presentes están produciendo algo precioso en nuestras vidas. Están formando en nosotros un clamor por el don de misericordia y gracia, para ministrar a otros que están en aflicción y dolor. Nuestros sufrimientos nos hacen desear ministrar gracia a otros.

Creo que por esto me atribule mientras leí el libro de Job recientemente. Me puse furioso al ver el terrible trato que los llamados amigos de Job le dieron en medio de su dolor. Página tras página escribí en mi Biblia ¡Qué cruel! ¡Que horrible! Estos hombres le dijeron a Job: “Si fueres limpio y recto, de cierto ahora se despertaría sobre ti, y haría prosperar la morada de tu justicia.” (8:6). “Tu has olvidado a Dios, Job. Eres un hipócrita”(ver 8:13). “Estás lleno de palabras vacías y de mentiras” (ver 11:2-3). “Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece” (ver 11:6).

Hace pocos meses envié un mensaje titulado: “No tienes porque entender tus aflicciones-Tienes la gracia de Dios.” Poco después recibí varias cartas hirientes de lectores. En esencia decían, “Quíteme de su lista de correo. Probablemente usted no entiende por que sufre tanto, pero yo sí. Usted no tiene fe. No quiero tener nada que ver con su clase evangelio. Usted debería tener poder sobre sus aflicciones.”

Obviamente, estas respuestas no fueron dadas en el Espíritu de Cristo. Simplemente no estaban marcadas por la gracia y compasión que caracteriza a nuestro Señor. Alguna gente saca cierta clase de cruel satisfacción del sufrimiento de otros. Cuando Debbie tuvo su primer encuentro con el cáncer, los líderes de la iglesia a la que ella asistía, le pidieron que se retirara. Ellos le dijeron: “No eres un testimonio del poder sanador de Dios.”

Esta clase de duras palabras me hacen clamar con Pablo: “Señor, hazme un ministrador de gracia. Permíteme experimentar tu misericordia, para poder dispensarla a otros.” No guardo ningún resentimiento, contra ninguna de estas engañadas y pobres almas. Sé que, tristemente, el tiempo vendrá en que ellos también enfrentarán su propia hora de calamidad y dolor. Y no tendrán los recursos internos a los cuales acudir para salir adelante.

Por otra parte, Job se convirtió en un dispensador de gracia. Porque este hombre se aferró a su confianza en Dios durante su tiempo de prueba, después dispuso de gracia para tratar con su afligida y amargada esposa. Esto es todavía más impresionante, cuando consideramos el mortal estado en que ella se encontraba. De haber estado a su lado cuando ella recibió las terribles noticias sobre la muerte de todos sus hijos, podríamos pensar que esta mujer jamás superaría esto. Que jamás sonreiría o tendría una vida normal.

Pero no mucho tiempo después de esto, la alegría y la risa llenaron su hogar nuevamente. Ella vio a su esposo sanarse de su enfermedad. Y dio a luz a otros diez hijos; siete hijos y tres hijas, justo como antes. Todo fue restaurado y más aún. Job y su esposa llamaron a su primera hija Jemima, que significa” amorosa, cálida, pequeña paloma.” Hablar de la imagen de la gracia de Dios: la misma mujer que le dijo a su esposo que maldijera a Dios, era ahora bendecida con una pequeña amorosa paloma que trajo paz a su hogar.

La esposa de Job no sólo volvió a la vida, sino que también rió y se regocijó nuevamente. Obviamente, que nunca olvidaría el pasado. Pero ahora todo un nuevo mundo de bendición y alegría se abrió ante ella. Y el justo Job vivió otros 140 años. La Escritura dice que este hombre vivió para ver sus hijos, los hijos de sus hijos y hasta la cuarta generación.

La palabra de Dios nos asegura, “Por la tarde durará el lloro, pero a la mañana vendrá la alegría.” (Sal. 30:5). ¡Y todo esto sucede por gracia!

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