SEGUIDORES DE DIOS

David Wilkerson

Las conversiones son frecuentemente emocionales porque son algo nuevo e increíblemente especiales. El cambio que ocurre en nuestras almas es tan repentino que puede ser abrumador. Es maravilloso ser transformado súbitamente del pecado y la esclavitud a tener una completa vida nueva en Cristo.

Al principio nuestro crecimiento espiritual es como cuando un niño comienza a caminar. Es algo maravilloso y excitante cuando un bebé da sus primeros pasos. El papá y la mamá sonríen y le animan: "Ven a nosotros; tu puedes hacerlo". Tambaleándose, el niño da dos pasos, tres pasos y se cae. Inmediatamente le levantan y le alaban. Sus hermanos le animan: "Muy bien hecho". Él es el centro de la atención de todos. Y finalmente, cuando él pueda llegar a cruzar la habitación, todo el mundo celebra. ¡Qué tremenda experiencia emocional para él!

Pero pronto ese niño deja de ser el centro de la atención. Ahora cuando se cae, el mismo se levanta y camina por toda la casa, desordenando todo. Arranca las plantas, saca las ollas y las sartenes, rasga la ropa, tratando de sacarlas de las gavetas. Y se le disciplina por todas estas cosas. De pronto, ya las cosas dejaron de ser emocionantes para él. Sus primeros pasos estuvieron cargados de risa y alegría. Pero ahora, el haber aprendido a caminar no es tan espectacular ni tan emocionante.

Tu crecimiento espiritual es similar. Cuando eras un bebé en el Señor, sentiste que Dios te daba una atención especial. Cada vez que caías, Él estaba ahí para levantarte. Sin embargo, como dice Pablo, no debes quedarte como un niño para siempre. De la misma manera que se le enseña a un niño a no ir a la calle, a ti se te enseña a no caminar en fuegos espirituales. Ahora bien, cada vez que caes, buscas a alguien a tu alrededor para que te ayude, pero no hay nadie. Dios está enseñándote a pararte firme en Su Palabra, a caminar por fe y a dejar de gatear como un bebé.

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:1-2).